Cuando tengo miedo, me escondo del mundo

En una situación como la que estamos atravesando es absolutamente natural sentir miedo, nada está claro, lo único cierto es que nada es cierto, que la incertidumbre duerme a nuestro lado todas las noches y desayuna con nosotros.



Lo bueno de la escritura es que es como un terapeuta personal pero sin el costo de la consulta, o sea que si se animan, escriban, aunque sea en una servilleta que luego quemen porque no quieren que nadie se entere, nadie tiene que conocer eso que esté ahí.


Yo les cuento porque me encanta contar mis historias para ver si algo de eso les sirve y les hace la vida un poco más fácil, o al menos les entretiene.


Estas semanas, pff.. ¡qué duras!, ¿no? Esto del COVID-19 que nadie esperaba ¿qué onda, cuándo acaba? Yo tengo ahí mis teorías de que si un mes, que si dos, unas coinciden con una información y otras con otra. Ya me caché que soy súper hábil para contarme una historia u otra según me conviene, porque hay un sentimiento en particular, que ajijos, según yo ya sabía cómo apagarlo y ¡zaz! ¡cuarentena! ¡Bienvenido pequeño gran monstruo llamado: MIEDO!.


Como les conté antes, ya he andado desde hace algunos años sorteando el mar del emprendimiento, que era para mí el mar más atemorizante ever! y luego en diciembre encontré una gallinita por ahí que tenía unos pequeños huevos de oro, así que ya se imaginaran, ya me veía en Dubai celebrando mis 31 años. Pero ¡no! el 13 de marzo, cuando suspendieron las clases, suspendieron toda la operación de esa empresa que en tres meses ya tenía 20 empleados y que se dedica a la industria del transporte.


En cuanto lo anunciaron sentí alivio porque había atravesado meses super rudos para hacer que la operación se sostuviera y la había estado pasando re-mal. Ya andaba volviendo a mis viejos hábitos del mal humor, lo sabía bien, pero hacía poco para atenderlo.


Lo siguiente no lo imaginaba, nos fuimos en picada con los gastos operativos, los sueldos que ya no se podían pagar, tuvimos que adquirir nuevas deudas y cuando ya veía la luz al final del túnel porque en teoría ya había amarrado la inversión que faltaba para cerrar el ciclo ¡zaz, que siempre NO! ¡Tres días antes de la fecha límite! ¡Se cierra la llave, hasta luego, vaya bien! ¿¡Qué!? Me falta pagar la nómina, me falta liquidar procesos operativos y tengo que pagar mi renta y hacer el super. Shock - llanto - furia - pelea con el lalito.com (mi amors, roomie, peoresnada, paluegoestarde, etc) - regadera para enfriar mi mente fuera de control - cama - no dormir - leer todo en las noticias sobre cómo el COVID-10 nos llevará al fin, - ver todo en Instagram sobre como el COVID-19 nos llevará al fin - no dormir menos - llanto - amanece - cama - llanto - Netflix - más info sobre todo lo malo del COVID-19 - comer - contar mi desdicha a otros - cama - no contestar llamadas - que ni me busquen por whatsapp - no ven lo mal que estoy - déjenme sufrir - Netflix - cama - bueno me voy a bañar, no puedo dormir así - dormir - despertar - meditar - pensar alternativas.


Hasta eso el ciclo de este miedo fue corto, solo día y medio de lamentaciones y una semana de ansiedad al máximo porque nada era seguro, mi ansiedad la reflejo en mal humor y mi mal humor me anula mi visión periférica, como dirían los papás “ahí voy, como el borras” o sea pues, que nomás estoy viendo el punto de crisis pero ni resuelvo y me introduzco en un espiral sin salida de “mira como no van a salir las cosas”.


Aquí una pausa.. en una situación como la que estamos atravesando es absolutamente natural sentir miedo, nada está claro, lo único cierto es que nada es cierto, que la incertidumbre duerme a nuestro lado todas las noches y nos acompaña a desayunar, trabajar, comer, trabajar y cenar con nosotros, pero hay que aprender a hacerle un lugar y convivir con ella.

A diferencia de otras veces donde me echaría perfectamente dos cuarentenas lamiéndome las heridas, perdiendo el tiempo alimentando y justificando el miedo que siento, esta vez tenía que salir de ahí porque tenía que asumir la responsabilidad de las personas que dependen de la empresa de transportes. Logré resolver en el corto plazo el tema de la lana, -falta resolverlo en el largo plazo-, y sé que ahora es posible porque lo que inicialmente no estaba resuelto era mi alineación conmigo, con la situación actual y con mi fuente de fe y energía para aceptar que si bien no está en mis manos cambiar el entorno, está en mis manos usar mi inteligencia para ser creativa y generar nuevas soluciones.


Cuando tengo miedo, me escondo

En mi cama, en mi tristeza, en mi enojo, en mi “no me digas nada”, en Netflix, en Instagram, en todo lo que pueda alimentar mi espiral negativo, para sentirme menos mal porque me evita reconocer que está en mis manos.


Lo que el miedo nos provoca es ese huracán de emociones que no para, y entre más lo alimentamos más crece, más cabezas le salen y más en descontrol nos sentimos. La única forma de detenerlo es atendiéndonos a nosotros mismos para darnos cuenta que el miedo, como cualquier otra emoción sólo existe porque está en nuestras mentes y se puede atender si aprendemos a desvincularlo de nosotros.


¿Cuántos estamos encerrados con la pancita llena pero con el corazón vacío abrazando nuestro peluche gigante lleno de moronas de palomitas mientras nos acurruca el miedo?


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